Ideas vagas sobre naciones y migrantes

A propósito de las ideas sobre migrantes, naciones, ataques, guerras religiosas y conflictos entre países.

En los últimos días tuvimos una muy grata visita de un joven alemán en nuestra casa en Tijuana. Bastian viene a México con la intención de viajar en bicicleta a través del país hasta la península de Yucatán, ver el mundo y conocer a las personas y las maravillas que lo habitan.

Personas y aventuras como estas me hacen pensar en conceptos sobre nacionalidad, migración, personalidades y convergencias de humanos modernos.

Mientras Bastian estuvo de visita, tuvimos la oportunidad de conversar y opinar sobre el movimiento migratorio hacia Europa y en particular Alemania. Él se muestra a favor de apoyar en la medida de lo posible, a los migrantes en carestía. Esto tomando en cuenta la relativa comodidad económica y social en “su” país. Un progresista en dirección a un ciudadano del mundo.

Yo soy mexicano porque nací en México. Aunque, me gusta criticar la noción de nacionalidad, cultura, nacionalismo y pertenencia. Soy nacional de este país, porque nací en él, he usado su infraestructura por la mayor parte de mi vida, doy dinero al gobierno local con impuestos y tengo un pasaporte verde con el nombre del país. Cuando viajo me presento como mexicano y distingo peculiaridades de mi comportamiento que me identifican como tal.

Y nada más.

También no soy mexicano, porque decido no serlo y abandonar límites de la persona mexicana;  visitar o vivir en ciertos lugares, pertenecer a grupos sociales, desarrollar la personalidad en alguna manera y preservar una identidad, comer una cierta comida o celebrar un cierto misticismo.

La conciencia de alguien de la generación de Bastian, o de una gran parte de la juventud contemporánea, es una de visión, conciencia y entendimiento global. Ahora, al menos en Occidente, nos hemos hechos conscientes de los mismos acontecimientos, vertientes políticas y de ideologías, muy probablemente hemos leído los mismos libros, escuchado la misma música y los mismos discursos. Sin importar la latitud o longitud de nuestra ubicación.

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Esto, en los lugares en los que la convergencia cultural es más evidente.

Hay, obviamente, sitios en los que esta convergencia no se ve cerca. Lugares donde la edad media se mantiene fuerte y al parecer el movimiento, intercambio y evolución de ideas ha tenido un mal rato. Por cualquier razón.

Hay también obviamente la diferencia del entorno en que se programaron las conexiones del cerebro de un humano en Alemania o en México. Mientras que en el primero alguien pudo estar más limitado y afectado por costumbres medievales, en el otro el desarrollo en la infancia se pudo dar entre gente que apreciaba la cultura y el conocimiento.

Una respuesta a por qué es que esas ideas no cambian, no se ventilan, es  que no hay suficiente intercambio cultural, racial, lingüístico. Incluso intercambio musical.

La xenofobia es lógica, fácil de entender y discernir. Desde afuera. También es una especie de paradoja. El objeto del miedo es la cura para el mal que se teme, cuando se teme a los desconocidos.

Tememos a los inmigrantes, porque se llevarán nuestros recursos, harán que nuestra cultura desaparezca, o porque dañarán nuestro orgullo nacional, desde su posición como otra nación y otra cultura. Todos sentimientos pequeños sobre el tan querido yo, del que tenemos que deshacernos.

Bien, la solución puede ser que este miedo no exista. Porque estos extranjeros pueden ser nosotros, la mezcla hará que la cultura se fortalezca, evolucione y se transforme. Tal vez pase por un proceso que se asemeja a desaparecer, pero será más bien una selección natural para renacer en una mejor expresión de sí misma. Morir para renacer.

Desde este punto de vista, la solución es la multiculturalidad.

Ahora sucede que se estimulan los ánimos nacionalistas, de aquellos que se ven separados de los otros humanos, por fronteras mentales, inerciales que les dicen quiénes son y cómo deben de ser.

Ese nacionalismo. Ese sentimiento de pertenencia a una pandilla, y automática oposición a la pandilla vecina, buscar razones para lanzarse piedras. Es más bien algo normal de un grupo de animales sobrepoblados, encontrándose e instintivamente preocupados por la procuración de comida, recursos y parejas.

Pero no hay más, estamos evolucionando hacia la convergencia de culturas y etnias.

Es también una aparente contradicción que las diversas tribus del planeta converjan en una sola cultura maravillosa y evolucionada, siendo que al parecer hemos seguido el camino opuesto: surgimos de ser un único tipo de mono, para diversificarnos en una multitud de lenguas y costumbres.

Pero también es posible ver cómo esta expansión y diversificación sucede mientras se llena el espacio disponible para las partículas, en este caso humanos. Una vez que el espacio se haya saturado, la mezcla se volverá homogénea.

De esta idea también se ramifica que esfuerzos como el de la Unión Europea, son en la dirección correcta, hacia la mezcla homogénea. Esto supone también renunciar de algún modo a algunos de los detalles característicos que diferencian a los pobladores de un país de otro. Pero al final el resultado será esa cultura global trascendental.

Esto resulta en el temor y el dolor de la pérdida de la identidad, porque no sabríamos que sigue después de haber cambiado y habernos unido a aquellas culturas lejanas, ajenas, diferentes y que huelen mal.

Tal vez también nosotros olemos mal.

Alguna vez algún europeo contó la anécdota de ser evadido por chinos por oler mal, a occidental.

Al final volvimos a encontrar a Bastian en Todos Santos, Baja California Sur, después de cientos de kilómetros de su viaje. Cambiado ciertamente. Lo encontramos a él y otros viajeros, de Inglaterra y Lituania, y todos hablamos de nada, del camino y las anécdotas de los demás. Todos en el mismo idioma y sin alguna frontera en la mesa que compartíamos.

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Por eso cuestiono nuestra convicción de ser quienes hemos sido todo este tiempo. El mexicano (o francés, o inglés, o indio, o lo que sea) que se presta para que el estereotipo siga vivo. Y qué tal que quiero observar aquellos rasgos de la personalidad nacional que son más bien un lastre, y dejarlos ir.

En ciertas ocasiones esto causa que otros verdaderos patriotas, te llamen desertor, pretensioso o incluso, en el caso de México, puto.  Vaya sarta de hombres listos.

Del mismo modo que elijo arrojar por la borda las actitudes nacionales inservibles, también elijo quedarme con aquellas que creo enriquecedoras, energéticas, incluso deliciosas.

Estoy a favor de una idea que no es para nada nueva, pero igual la escribo para que se sume a la pila de palabras que la fortalecen. Un lugar sin nacionalidad, sin nacionalismo, sin orgullo patriótico inútil, con una visión más amplia de la especie humana y nuestra capacidad de transformar la realidad.

Sin vergüenza alguna la idea es nada menos que la utopía que todos quieren.

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